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LA PARÁBOLA DEL CARRUAJE

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LA PARÁBOLA DEL CARRUAJE

Mensaje por antonioPJ el Vie Jun 05, 2015 12:23 am

LA PARÁBOLA DEL CARRUAJE




La clave para desarrollar nuestra voluntad, hacer lucir nuestra alma y despertar nuestra conciencia, es dar por propia voluntad, nuestro ejercicio de perfección, para facilitar el despertar de conciencias más dormidas que la nuestra, que es servir al tiempo, que es orden de Dios. Y desarrollar por todo el planeta el orden propio de la naturaleza, que es servir al espacio, que es perfección de Dios.

La voluntad sólo puede ser ejercitada por la atención, porque es la atención quien gobierna sobre la fuerza, la sensibilidad y la inteligencia.

Allí donde dirigimos nuestra atención, va nuestra fuerza, nuestra sensibilidad y nuestra inteligencia.

Imaginemos una preciosa carroza de caballos digna de un príncipe real:

Sus caballos, con las riendas en las manos del cochero y el mayoral que da órdenes al cochero, dentro de la carroza, cómodamente instalado, viaja el príncipe y su asistente.

Los vestidos del príncipe son tan ricos, preciosos y sin mácula, que se mancharían al contacto con el aire. La luz que emana de él mismo, deslumbraría a los caballos, al cochero y al mayoral, por lo que es el asistente quien dirige al mayoral y éste al cochero y éste a los caballos. Y el príncipe no tiene relación más que con su asistente, dentro de la carroza.

Sigamos imaginando que la carroza es nuestro cuerpo, los caballos son la fuerza impulsora, el deseo; las riendas son la atención; el cochero es nuestra sensibilidad, el mayoral es nuestra inteligencia, y el asistente es nuestra voluntad, que viaja en el interior de la carroza junto al príncipe, que es nuestra conciencia.

El príncipe es muy joven, y empezó el viaje durmiendo. La voluntad que le asiste tampoco es más vieja y experimentada que él, de modo que están en manos de los caballos que son fuertes y briosos, del cochero que es un soñador romántico empedernido, y del mayoral que es muy inteligente y astuto como zorro que defiende su piel.

Cada cual tiene sus propios deseos:

Los caballos gustan de correr, comer y tener sensaciones.

El cochero gusta de bailar, beber, y tener emociones.

El mayoral gusta de descansar, fumar, y tener ideas.

Cada uno de ellos busca la satisfacción de sus propios deseos y ninguno piensa en servir al príncipe.

Cada uno reclama para sí mismo la voluntad del príncipe, creyéndose muy importantes, cada uno busca su propio disfrute, usando para sí la riqueza del príncipe.

El inocente y joven príncipe está solo, observando como sus sirvientes se aprovechan de él, y la voluntad no puede imponérseles porque todavía es débil.

El joven príncipe no prospera en su viaje de reconocimiento del reino de su padre, que será su herencia cuando en el futuro, cumpla su mayoría de edad. Tanto los caballos, como el cochero y el mayoral, se resisten a obedecer otros deseos que los propios.

El tiempo va pasando y el príncipe no avanza en su camino hacia su mayoría de edad, porque no avanza en el reconocimiento de su futuro reino, y no llegará a tiempo para recibir su herencia. El tiempo de que dispone está limitado y el camino es largo hasta su final. Porque es muy grande el reino. Y el avance no es posible porque la carroza sólo avanza dando vueltas y más vueltas para la propia satisfacción de sus sirvientes.

Pero el príncipe cada vez está más despierto, va observando y comprendiendo que nunca se cansarán los sirvientes de servirse a sí mismos, antes que a él, y así se lo hace saber a su asistente para que imponga la voluntad necesaria.

La voluntad, que también comprende la situación, llena de buenos deseos, lo intenta una y otra vez pero siempre terminan los sirvientes por servirse ellos mismos, y la voluntad se ve arrastrada por los deseos de los sirvientes, en contra de los deseos del príncipe que trata de avanzar por el camino que lleva a su futuro. 

Observando los intentos de la voluntad por imponerse, el príncipe va comprendiendo lo que sucede, y lo que sucede es que, falta disciplina!

La fuerza, la sensibilidad, y la inteligencia, responden cuando la voluntad reclama su atención, pero cuando la atención de la voluntad se relaja, los sirvientes se relajan también.

De este modo, el príncipe comprende cómo ejercer su poder sobre las fuerzas que son sus sirvientes, y cual es la tarea propia de su asistente, la voluntad, y le dice:

Tu tarea no es transmitir mis deseos, sino asegurarte de su cumplimiento. Por ello, y en lo sucesivo, fortalecerás con el ejercicio diario, tu atención, sosteniéndola un poco más cada día sobre los sirvientes, porque cuando relajas tu atención, los sirvientes dejan de obedecerte, y con ello no me sirven a mí.

Entonces, la voluntad que es muy servicial, respira profundamente y con gran firmeza, dirige su atención sobre el mayoral, el cochero y los caballos ordenando la marcha. Pero esta vez, no les deja solos después de la orden, sino que mantiene su atención sobre los sirvientes, y antes que cambien el rumbo tras dar unos pasos, como acostumbran, la voluntad repite la orden y sigue manteniendo su atención, observando que siguen avanzando hasta el doble de lo habitual, entonces sin perder su atención repite la orden, viendo con satisfacción que la carroza no se para ni se desvía, como hasta entonces había sucedido.

Satisfecha, porque sabe al fin como satisfacer los deseos del príncipe, que ya está más despierto, la voluntad se decide a ejercitarse en mantener su atención alerta sobre los sirvientes, para dar un paso más cada día por el tiempo.

Porque el príncipe real, su dueño y señor, no puede bajar de la carroza y pasearse por el espacio que recorre el camino hacia el tiempo. El espacio es para los sirvientes, ellos pueden moverse con total libertad, pero el príncipe sólo puede moverse por el tiempo, su camino es el tiempo, y el reino de su padre es la eternidad.

Así empieza la voluntad su ejercicio, llegando cada día un paso más lejos que el anterior, perfeccionando su atención en su fuerza, su sensibilidad y su inteligencia, para desarrollarlas por el tiempo que dure su viaje.

Ya está muy adelantado el príncipe, ya está tan despierto que presiente el fin del viaje.

Desde que la voluntad, tomó las riendas de la atención, para dar cada día un paso más, no ha dejado de exigir mayor entrega a los sirvientes, y ya están tan disciplinados, que basta un susurro de la voluntad, para que la carroza se ponga en marcha y no pare hasta oír otro susurro.

Ahora los deseos del príncipe son cumplidos con gran diligencia y exactitud por sus sirvientes, cuando el príncipe muestre a su padre y a sus hermanos, como todos sus deseos son satisfechos por sus sirvientes, todos se mostrarán contentos y satisfechos de la poderosa voluntad que ha desarrollado el príncipe en su viaje por el espacio, y lo festejarán y le será entregada su herencia, su propio reino, un reino alegre y feliz, sin dolor ni muerte, un reino tan luminoso, que cada piedra, cada planta, cada animal, tienen su propia luz. Todos los seres tienen luz y color, y todos ellos sirven al príncipe, al punto de que hasta las piedras cumplen su voluntad.

(Extraído del libro “LA CUARTA DIMENSIÓN” Capítulo 5 “LA VOLUNTAD”).


(Nota: Hay versiones anteriores y posteriores, 
dentro de las Enseñanzas del Cuarto Camino, 
aunque no son ajustan tan precisas como ésta del Escriba)

antonioPJ

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